El día más feliz de mi vida...
Hoy me parecía el día más maravilloso del mundo, viernes, diecisiete de Junio, cumplía 15 años, el sol irradiaba, mas no llegaba a hacer calor como para sentirse uno sofocado, sino más bien era un calor placentero, además, la brisa veraniega parecía embriagar a los alegres jilgueros, golondrinas y gorriones que se posaban tranquilos en las altas copas de los arboles. El verde lozano del monte se mezclaba sutilmente con el extraordinario azul del cielo… En clase los compañeros me hicieron un fantástico festejo, y los regalos brotaron de sus manos, Ana me invito a comer en concilio con casi dos decenas de amigos en el centro comercial, parecía que nada podía ir mejor, además Juan me había llamado para quedar esta misma noche… Juan… El chico con el que llevaba soñando toda mi infancia… Era delgado y esbelto, tenía un cabello hermoso, largo, que blandía dorado al viento, y sus ojos azules me embelesaban constantemente cada vez que rondaba cerca de mí. Todas mis compañeras me decían que era una ingenua por creer que algún día estaría él entre mis brazos… pero la gente a veces se equivocaba, y esta parecía ser una de esas veces. Las nubes parecían formar bellos corazones, y contemplaba atónita la infinidad del universo sobre mí… Eran apenas las siete de la tarde y el día me esperaba para que me deleitara con él. Pensé en dirigirme a casa, y así serenarme del frenético júbilo y arreglarme para la gran cita, pues solo faltaban dos horas para el gran encuentro.
- ¡Mama!
El grito fue mudo, pues nadie respondió. El silencio se hizo presa de mi, y un mal presagio me recorrió la espalda en forma de escalofrió, los pasos livianos y lentos de un alma que caminaba en su agonía fue lo poco que logre escuchar, los cuales me convencí a seguir, abrí la puerta que daba al pasillo, y se desplomo entre mis brazos mi madre, con la cara hinchada, un ojo morado, el cuerpo entumecido y algunas gotas de sangre que manaba. En ese momento mi cuerpo palideció ipso facto, desprendí mis irrefrenables lagrimas que intentaban reprimirse, e intente arrancar una palabra de lo sucedido, pero no quiso hablar, aunque no hacía falta que lo hiciese, pues ya sabía lo que había pasado… ¿Por qué aquel día…? No podía dejar a mi madre en estas condiciones, por lo que fui al botiquín a recoger algodones, sueros, y Betadine para curarla las heridas, la angustia crecía en mí cuando notaba los leves quejidos… Las preguntas me atormentaban, pues no era capaz de entender el porqué tenía que ser así mi vida… La lleve un vaso de agua que me fue encomendado, y me senté a su lado. La cogí de la mano, y la notaba languidecida, por lo que intente que hablara, necesitaba escucharla, pues temía que algo funesto la sucediese, tenía miedo de llamar a la ambulancia, pero era mi madre la que estaba malherida.
Agarre el teléfono del salón y me dispuse a marcar, mas con los nervios no recordaba exactamente cuál era el de la ambulancia y cual el de urgencias o el de la policía, por lo que simplemente marque,
- -112… En caso de duda es el mejor numero- Uno, uno, dos, Asturias emergencias ¿Necesita algo? – Contesto un voz al otro lado -
- Sí, yo… Llamaba porque mi madre esta malherida…
- ¿Cuál es el motivo de ello?
- -Era incapaz de mentir, tenía miedo, y rompí a llorar- La ha pegado otra vez – dije entre sollozos
Me pidió el nombre, pero no tenía fuerzas de responder nada, no podía contenerme, estaba asustada, ella me intentó tranquilizar, y conseguí a duras penas darla la dirección y algún dato más.
- Iremo… - Colgué el teléfono tan rápido como pude, pues había llegado a casa mi padre-
El portazo pudo escucharse bien claro, estaba cabreado. Yo me escondí en el salón, con la intención de que no me encontrase, además alguien tendría que venir a mi llamada, pero el sonido de un cuadro roto, que hizo eco en mi cabeza, me impulso a salir corriendo hacia el cuarto de mi madre, para evitar que pasara nada más. Me situé delante de la puerta, y me resigne a que Antonio entrara por la puerta, pero mis intentos fueron en vano, pues no podía compararme a su fuerza, frustrada grite y le intente agredir con enfurecidos puñetazos, pero de nada serviría, simplemente, él me arrebato de la presencia de quien más quería sacándome de la habitación, y sin querer grite tras la puerta.
- ¡No tardaran mama! ¡Aguanta!
Sé que no debí decir eso, pero la desesperación me obligo a dar un grito de consuelo a mi madre…
- ¿A quién coño has llamado? – Se oyeron golpes repetidos, y yo no paraba de golpear la puerta, intente derribarla, y solo conseguía aumentar mi frustración. Los gritos de socorro me hacían insoportable estos momentos de agonía, los llantos de mi madre, se me atragantaban en la garganta impidiéndome respirar, y empecé a sentirme débil, gritaba, y golpeaba cada vez mas mermada, y de repente, me derrumbe en el suelo desmayada…
- Despierta… -una dulce voz me susurro al oído-
- ¿Dónde estoy? –dije sin abrir los ojos por temor-
- Estas en el hospital, pero tranquila, estas bien –pude distinguir esa voz… podría distinguirla en cualquier lugar del mundo… Era Juan… -
- ¿Dónde está mi madre? –era lo que más me preocupaba ahora-
A lo que respondió una persona que entró por la puerta, era la enfermera.
- Está en la cama de al lado, descansando, ahora duerme, en cinco minutos iremos a verla, se pondrá bien, te desmayaste poco antes de que llegaran a tu casa los médicos. Tienes suerte de tener a un chico que te quiera tanto, ha estado todo el rato a tu lado.
- ¿Y mi padre?
- Lo llevaron a prisión, está en sentencia, y tiene testigos, por lo que estaréis seguras las dos durante mucho tiempo. Ya no deberás preocuparte más por él...
En ese momento Juan me cogió de la mano, y sonó el reloj, eran las doce… Y con el acabo mi cumpleaños… y tuve el mejor regalo que se me podía otorgar… a mi madre…
"Relato contra la violencia de género"